viernes, 30 de octubre de 2009

26 AÑOS DE LA VUELTA DE LA DEMOCRACIA EN ARGENTINA

Hay una cuenta en rojo a la hora del balance la democracia en la Argentina y es el dilema de la injusta distribución de la riqueza
Pocos recuerdan que la Argentina fue, hace 33 años, el último país latinoamericano en que los militares usurparon el poder de manos civiles.

Hay explicaciones para este fenómeno de, aparente, olvido. Al menos dos generaciones de argentinos han nacido y se criaron -o lo están haciendo- en un marco de continuidad democrática que hace difícil relacionarse con aquellos días de oprobio.

Conviene, no obstante, no llegar a conclusiones ligeras en este tema de la memoria colectiva. Porque si uno considera aquella continuidad debe concluir que esa memoria está entre las fuerzas que la hicieron posible y, por lo tanto, ha cumplido su deber con la historia.

Vale la pena considerar algunos pocos hitos de este cuarto de siglo. La democracia soportó el regreso del desafío militar de fines de los ´80, la hiperinflación que se llevó tempranamente una parte del mandato de Raúl Alfonsín y que asoló los primeros tiempo de Carlos Menem en la Casa Rosada, toleró la crisis que obligó a Fernando de la Rúa a abandonar su mandato por la mitad y se sobrepuso del derretimiento de la economía del 2001 que parecía anticipar un quiebre de la estructura social.

Cada uno de los períodos institucionales conoció su instancia de crisis política y una forma de valorarlas es saber que, más temprano en el siglo XX, casi todas hubieran terminado en otras tantas rupturas de rupturas del orden constitucional. Que no haya sucedido lo mismo habla, sin duda, de la calidad democrática de estos 26 años.

Alfonsín supo de esto en 1987 cuando debió hacer frente al intento de regreso del poder militar en la forma de una suerte de sindicato de uniformados con las sublevaciones de los así llamados "carapintadas". El regreso al "partido militar" con aspiraciones hegemónicas, que les había permitido monopolizar el poder varias veces en el siglo XX era imposible; entonces hombres como Aldo Rico y Mohamed Ali Seineldín ensayaron la presión sindical armada.

El núcleo del problema era para los militares rebeldes, por cierto, rescatar la idea de impunidad por el pasado de terrorismo de estado, pero también era mantener alguna dosis de tutelaje sobre el poder civil. Aquel "la casa está en orden" de Alfonsín en la Semana Santa del ´87 fue uno de los momentos más débiles.

La década de Menem en el poder resultó una de las más transformadoras de la historia argentina, aunque hoy la cuenta de los errores de esos cambios -esencialmente la venta indiscriminada de bienes del estado a inversores privados y el debilitamiento del movimiento laboral- aún siga sin ser saldada. El indulto dado a los militares de la dictadura fue quizás el peor de los momentos de una gestión sometida hoy a una mayoritaria luz crítica.

De la Rúa fue el producto de una fantasía política -la Alianza, una coalición con escaso afectio societatis real- que arrasó en las urnas y fue en definitiva la víctima de su propia incapacidad para decidir. También, es necesario apuntar, también fue víctima de un ciclo negativo de la economías, nacional e internacional.

Esto cambió, en forma pausada, durante el brevísimo período de Adolfo Rodríguez Saá -quien reemplazó a De la Rúa- y el más extenso en el que Eduardo Duhalde mantuvo la idea de una continuidad constitucional y de una economía en ligera recuperación.

Pero en verdad benefició por sobre todo a Néstor Kirchner cuyos cuatro años en la Casa Rosada estuvieron signadas por un crecimiento que asombró al mundo. Kirchner casi pudo considerarse libre de una crisis mayor propia luego de apagar el incendio social heredado, pero quizá el grado de poder que pudo asumir -imponiendo a su esposa como su sucesora- no le permitió esa indemnidad.

Algunas decisiones adoptadas por la actual presidenta Cristina Fernández de Kirchner -notoriamente la puja con el campo por las retenciones agropecuarias- han abierto interrogantes sobre la capacidad política de la mandataria que se proyectan sobre inevitablemente sobre la figura de su marido. Ahora que el ciclo favorable se ha cerrado en una recesión internacional de magnitud las preguntas, obviamente, se agigantan.

Por cierto que el dato más relevante de este cuarto de siglo democrático fue sin duda la búsqueda de justicia para las alrededor de 30.000 víctimas del terrorismo estatal que aún continúa, pero cuyo clímax fue la anulación del indulto que Menem dictara en lo que quizás haya sido la instancia de mayor falencia del sistema en estos 26 años.

Hay que convenir que la democracia se reinstaló en la Argentina como parte de una ola que bañó a toda América Latina y porque Estados Unidos finalmente entendió que su apuesta a los regímenes militares en su patio trasero era esencialmente anacrónica e improductiva. Sobre todo cuando estaba diseminando la ideología económica que hoy llamamos "neoliberalismo". En esta comprensión influyó también la historia argentina.

Hay una cuenta en rojo a la hora del balance la democracia en la Argentina y es el dilema de la injusta distribución de la riqueza que, en buena medida, resultó de adoptar al neoliberalismo como dogma religioso. Pero lo cierto es que esa visión ha terminado revelándose como lo que es, una promesa vacía de prosperidad. Así y todo, la democracia en la Argentina sobrevivió al neoliberalismo.

Hoy, los argentinos estamos sumergidos en una crisis económica internacional de gran magnitud que parece robarse el viento de cola que los últimos años favoreció a la economía nacional. Tememos y reclamamos por la inseguridad. Forcejeamos por el destino de los fondos previsionales o la definición de una política agropecuaria.

Especulamos sobre las elecciones del 2011. La lista de las preocupaciones de la sociedad podría seguir así de modo casi interminable, sin que por ello el tejido social se desmembre.

Y, sin embargo, muchas veces estos debates sugieren que hemos enviado al desván de la memoria los tiempos en que librar estas batallas en libertad era imposible. Y eso no es poco. texto Oscar Raúl Cardoso. de terra.com